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Desde la condena a la ignominiosa crucifixión, el Reo dejó de ser persona y le fue negada su condición humana, pasando a ser una “cosa” carente casi hasta del mínimo derecho a un pequeño gesto de compasión. Como tal cosa fue tratado por los verdugos, quienes, con profesionalidad, manejaron hábilmente y sin piedad su cuerpo hasta dejarlo bien enclavado en la Cruz, en la que padeció como nadie ha podido hacerlo: de forma sobrehumana pues era – ¡es!– Dios y no quiso ahorrarse sufrimiento alguno. Asombrará al lector la extremada crueldad de tales tormentos que ya desde la flagelación hubieran acabado con la vida de cualquiera.

Pero ¡De qué forma soportaría Cristo tan inhumano trato que hasta el centurión –pagano quizás, también profesional acostumbrado a este espectáculo como parte de su oficio- reconoció en voz alta que era el Hijo de Dios!

Una estudiada descripción, en fin, que de seguro conmoverá al lector cuando piense que la causa es solamente el Amor, con mayúscula, que Cristo nos tiene personalmente a cada uno.

 

Prólogo de Joaquín Serrano

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